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sábado, 4 de enero de 2014

La escoria disidente


Ciento veinte parecen haber sido los perros y cinco los días que llevaban sin comer. Acaba de hacerse pública la forma en que presuntamente el joven militar Kim Jong Un ha acabado con cualquier atisbo de disidencia norcoreana presente y futura. A juzgar por la brutalidad de los posibles hechos, de los que informaba hace unas horas Europa Press, no me extrañaría en absoluto que en Corea del Norte nadie se atreviese a levantar la mirada durante décadas y mucho menos a alzar la voz.

Sin piedad, ni siquiera por tratarse de su tío político.  Jang Song Thaek fue ejecutado el pasado 12 de diciembre, según se ha encargado de informar un diario oficialista chino con sede en Hong Kong, 'Wen Wei Po', por "traidor a la patria", por “escoria disidente” devorado junto a sus ayudantes por una jauría.

Y es que, ya se sabe, en política no caben medias tintas, o se está o no se está. Y en este caso como no se estaba, pues más valía muerto que vivo.

A modo de aviso para navegantes, el líder con aspecto “púber” del Partido de los Trabajadores, parece haber perpetrado una de las más crueles fechorías de la política, si puede llamarse así, contemporánea. En nombre de la “lealtad” e insisto, a modo de aviso a navegantes, trescientas personas fueron congregadas para presenciar el castigo, la purga de su tío. Sólo ha faltado que encima hubiera sido televisado en directo, para mayor pánico nacional y gloria del “camarada”.

Mientras el incipiente gobernante (llegó al poder hace dos años) acapara la atención mundial expectante por confirmar semejante barbaridad, se hace muy difícil para muchos seguir hablando de derechos humanos, creer en las grandes alianzas por la paz mundial, fomentar el respeto hacia la diversidad, seguir peleando por la democracia o impulsar valores como la tolerancia.

Lo malo no es preguntarse qué mundo estamos construyendo, qué políticos aupamos para que nos gobiernen ni qué intereses manejan los hilos de nuestras vidas, es mucho peor ser consciente de que ésta es la historia de la humanidad. Que volvemos a tropezar una y otra vez con la misma piedra y que cuando conseguimos organizarnos en torno a objetivos comunes, valores altruistas, conquistas sociales, bienestar colectivo, en forma de partidos políticos, sindicatos, organizaciones, instituciones… en demasiadas ocasiones terminamos dejando aquello que dio sentido al hecho de organizarse en un segundo o tercer plano para dar paso al ego, a la ambición y a los intereses personales de sus líderes.

Prácticas como ésta o como tantas otras conocidas  lamentablemente son más comunes de lo que creemos y la monstruosidad viene a ser directamente proporcional a la capacidad de influencia o el poder que tenga el dirigente en cuestión. Los sistemas o estructuras aquejados de este mal terminan convirtiéndose en algo endogámico, cayendo en un círculo vicioso, creando una especie de anticuerpos que escupen todo aquello que no sea reconocido, todo elemento extraño que, paradójicamente podría funcionar como elemento trasformador o de conexión con el mundo exterior.

Y donde hay verdugo, hay víctima, sobre todo porque “personificar” culpas, apuntar con el dedo o lo que comúnmente conocemos como “señalar la cabeza de turco” facilita mover a la masa. Las víctimas de las tropelías, en muchos casos tienen cara, nombre y apellidos y han conseguido pasar a la historia como Leon Trotski. En otros casos, han quedado lapidados por el anonimato de la historia.

Parecería mentira que, casi setenta años después de su publicación, la genial sátira de George Orwell “Rebelión en la Granja”, encontrase una más que fiel réplica en el norte de Corea, con jauría de perros incluida y Partido Laboralista por medio. De la misma manera que parece también mentira que en muchos rincones de esta sociedad tengamos qu­­­­­­e seguir topándonos de bruces con gerifaltes como el cerdo “Napoleón”. Napoleones que en un politburó cualquiera y con una sola mirada de desaprobación hacia alguien de su misma especie, en versión disidente y llamado por ejemplo “Snowball”, son capaces de levantar a una granja entera que sólo se declara en estado de rebeldía gracias a ese insoportable comportamiento seguidista e irracional capaz hasta de matar. Sí, a su propio tío si es necesario. Es así como el ser humano se acerca a la animalidad y las organizaciones se convierten en granjas.

APL


domingo, 12 de agosto de 2012

Un país de quita y pon

Hace unos días confirmamos -porque saber lo sabíamos hace tiempo- eso que sospechábamos desde el pasado 20 de noviembre. Que muchas cosas iban a cambiar dramáticamente a peor. Entre ellas, uno de los puntos estratégicos para cualquier político medio inteligente, los medios de comunicación.

El despido de Ana Pastor de Los Desayunos de RTVA era “la crónica de una muerte anunciada” y, como tal, la repercusión mediática del cese ha sobrepasado las fronteras de nuestro país, para mayor vergüenza de sus habitantes, que no andamos faltos precisamente de paseos vergonzosos por el mundo mundial en forma de jefe de estado, de gobierno, ministros, ministras y de peña variopinta.

Bien cierto es que la víctima no es sólo ella, sino muchos otros profesionales que van cayendo en un “golpe de efecto” como este o en el goteo diario. Pero también es cierto que tiene que haber un icono que simbolice, una foto que capture el momento, un ejemplo que sirva para comprender, una fórmula que sirva para explicar. Lo positivo y lo negativo. Y así se hace la historia.

En este caso la periodista Ana Pastor ha sido un referente para muchas personas, porque, con todos mis respetos, no todas, nos sentimos identificadas con un “asaltasupermercados” en la versión rústica y antiestética de Robin Hood de los bosques. Lo siento. Pero también en esto me resisto a volver a las cavernas. Sí, tiene que haber de todo y para todos los públicos. Pero ¿tiene menos valor la palabra que un acto violento? ¿vale menos hacer correr el verbo, promover opiniones, desvelar información y poner en tenguerengue a personajes públicos como Zapatero, Cospedal o el mismísimo Mahmud Ahmadineyad? No es fácil ser capaz de sobrevolar ideologías y posarse siempre sobre la pregunta exacta, esa cuya respuesta esperábamos impacientes al otro lado de la pantalla. Algunos no serían capaces ni por asomo.

Insisto, a muchos les hubiera gustado, o cuánto menos les habría encajado mejor, que Ana Pastor fuese la guapa tonta, la enchufada o la mujer florero. Pero resulta que su labor y la de su equipo –que en eso también tendrá algo que ver ella misma- ha sido profesionalmente incuestionable, además de un referente para muchas mujeres jóvenes que estamos cansadas de tópicos, de discriminaciones y de macro-micro-machismos que no nos dejan alzar el cuello y asomarnos a la ventana. Mujeres muy formadas que permanecen condenadas al mundo subterráneo.

Y es que cada día tengo más claro que España es un país de quita y pon. Un país que dejó olvidado el consenso en la época de la transición. Hoy llego yo y pongo a “tal”, mañana vienes tú, quitas a “tal” y pones a “cual”… y así vamos, de mal a peor. Principalmente porque no sólo se queda todo en poner o quitar personas y cargos sino en hacer y deshacer, en avanzar y retroceder, en caminar y repentinamente dar un quiebro, pegar la vuelta y retroceder.

De esta manera, y con los ritmos vertiginosos que imperan últimamente, pasamos de ser un país de izquierdas y progresista a convertirnos en ultraderechistas conservadores para mayor gloria de la iglesia, y eso en tan sólo nueve meses. Todo ello aparcando la democracia a un lado, o cuanto menos, usando una democracia muy particular.

Y es que hablar de democracia, por mucho que el Partido Popular se empeñe, no es gobernar tras un proceso electoral. No todo vale. Las mayorías absolutas no son lo mismo que las absolutistas.

Por otro lado, por mucho que esté de moda la horizontalidad, en la que por cierto, yo también me siento más cómoda, y en la que intuyo las mujeres tenemos más oportunidades, el pueblo, las personas, necesitamos organizarnos para gestionar el país, de manera que esta gestión revierta en beneficios, bienestar social y riqueza para sus habitantes.

La mejor manera, entiendo, de hacerlo es delegar la confianza en forma de voto a una representación llamada política. Pero ocurre que también en esto nos encontramos con el pillaje y la picaresca, porque dicen que quien hace la ley, hace la trampa.

Pretender aprovechar el voto de la ciudadanía para retroceder a un modelo caduco es simplemente condenar a un país a renunciar a décadas de historia. A años de esfuerzo, de progreso y de modernización. Para todos: derecha, izquierda y centro -si es que ésta última opción existe- 

Pretender arrebatar a las mujeres una libertad ganada más que a pulso, intentar expulsar a personas extranjeras de la tierra que pisamos y que es de todos, condenar la homosexualidad, robar mediante impuestos inmorales el sudor de la clase trabajadora, desintegrar socialmente a los parados... y tanto, tantísimo para lo que han dado estos meses, es cierto, es un golpe de estado con mayúsculas y sin duda alguna.

Pero ojo! Porque entre tanto descontento y desafección, el populismo, puede alcanzar cotas insospechadas. Y no olvidemos que éste es la antesala del fascismo.

Cuidado porque a menudo el que más grita, berrea o se rasga las vestiduras no es el que más siente o sufre. A veces es más fácil pegar un empujón que hablar. Y quién finalmente sale ganando no es ni el que recibe ni el que da, sino un tercero que, con guante blanco y sin rostro, promueve la conflictividad frotándose las manos en un despacho de caoba.

Sé que cabe pensar que, si ni una cosa, ni la otra dan resultado, el callejón sin salida de la desesperación sea la única opción. Pero insisto en valores como el diálogo, el pacifismo, la empatía y tantas otras cosas que me niego a dejar en el camino.

Ciertamente pienso que algo, por no decir mucho, ha dejado de funcionar: se llama democracia y merece una revisión. Quizás hemos creado leyes, estatutos, documentos, cartas, directivas…dentro y fuera de los órganos de poder que no han sido repasados durante demasiado tiempo. Letras estancas que necesitan movimiento y nuevos planteamientos que les den vida y las hagan eficientes al servicio de la gente.

Quizás sean tiempos de exponer ciertos "tochos" en vitrinas para no olvidarlos y que sean las reliquias que, aligeradas, den paso a nuevas normas convivencia. Tal vez éstas ni tan siquiera necesiten del “formato papel”.

Introducir nuevas herramientas que nos sirvan a “los de abajo” para hacer llegar a “los de arriba” el desacuerdo en forma de referéndum, por ejemplo, es algo imprescindible. Estoy convencida además de que internet y las redes sociales han llegado para facilitar esto, hemos tenido recientes pruebas de ello en forma de "hashtags" y "trending topics". Para eso sí creo que han llegado las redes sociales, no para erigir nuevos liderazgos cavernícolas.

La izquierda progresista de este país luchó por unas normas pacíficas de convivencia, en un intento de protección a la ciudadanía probablemente trabajó muchísimo por trasladarlas al papel. Ocurre que al terminar y echarse a descansar, confiados en que la tarea estaba finalizada, otros, que nunca estuvieron del todo conforme, fueron removiendo y removiendo, buscando otros caminos para conseguir llevar al pueblo de la mano (voto) hacia los comienzos, despistándolos por senderos distintos. Toca volver al duro trabajo antes de que llegue la sangre al río.

Ni como mujer, ni como sindicalista estoy dispuesta a que
hacer sindicato se convierta en dar “empujones” que no sean “pacíficos”.

APL

miércoles, 2 de mayo de 2012

Las gamberras no están en la calle



1º de mayo, día emblemático donde los haya para cualquier persona sindicalista, comprometida y de izquierdas.

El Día del Trabajo, casi nada, un derecho fundamental que, cada día más, alguno “se pasa por el forro” y eso gobernando…Sin gobernar, ya sabemos de qué les sirvió, como arma arrojadiza para tirársela a la cara al anterior gobierno, tan sólo para eso tuvieron en cuenta los datos de la EPA.

Y es que corren días difíciles para las palabras. Las palabras en el buen sentido que tuvieron un día. Las palabras con su significado más honesto: el compromiso. Cuando alguien te daba su palabra solía no hacer falta nada más, era una garantía más que suficiente, era un pacto sellado entre personas. Por eso las palabras generaban ese sentimiento tan necesario, la confianza. Esa que el señor Rajoy tanto pedía al ex presidente del Gobierno y de la que hoy, siendo él mismo Presidente del mismo país, se ha olvidado.
Las palabras  en boca de algunos, sólo generan desconfianza, indignación, impotencia, y una desproporción absolutamente anacrónica.

Vergüenza debiera darles a algunos y a algunas -si es que la tuvieran- salir a la calle, ese espacio que todavía es público. La vía pública, espacio que es icono de libertad y que pueblos enteros invaden y ocupan para mostrar su desacuerdo. Es en la calle donde la sociedad civil habla a gritos cuando son sus palabras las que no se quieren oír.

La sociedad civil, la ciudadanía, esa que estáis intentando desprestigiar, acorralar, someter y hasta penalizar, salimos ayer, 1º de Mayo, a manifestarnos un año más. Este año con muchísimos motivos. Las calles se llenaron, muy a pesar de la derecha y de sus voceros mediáticos, que hoy pretenden llamar a engaño con titulares “maqueados”. Lo que simplemente demuestra que el tema no les pasa por alto.

Soy sindicalista y liberada, y ayer como otras tantas veces salí a la calle con mis compañeros y compañeras, con asociaciones, con otros sindicatos, con partidos políticos de izquierda, con personas anónimas, con amigos y familia… sí, lo hicimos, todos juntos. Por eso, esta mañana al escuchar en la Cadena Ser a Esperanza Aguirre decir las "burradas" que ha dicho, me ha parecido simplemente una chabacanería impropia a la altura de su cargo: Presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid. No puedo evitar imaginar la que se hubiera liado si el Secretario General de la organización en la que milito, UGT, hubiera llamado a esta señora “gamberra”. La modificación del código penal se habría quedado corta, probablemente hubiéramos vuelto a la hogueras. Nos llama también “anticuados” que caeremos como el muro de Berlín, y me pregunto si no mira a sus compañeros de partido o a sus amigos de la CEOE, porque, si hay una “antigualla” por antonomasia, ese es don Arturo Fernández, pero claro, esos no salen a la calle, simplemente mueven los hilos desde sus despachos. Todavía estoy acordándome de las manifestaciones de este señor diciendo “esto empieza a oler bien” en referencia a las reformas del PP…, como ya no sale a hacer declaraciones, no sé si sigue pensando lo mismo después de los datos de la EPA.
El caso es que a la señora Aguirre parecen quitarle el sueño los sindicatos por pedir empleo y no los empresarios por destruirlo. Para anticuado el capitalismo salvaje que usted lleva por bandera.

Señora Aguirre, las gamberras no están en la calle. Como los chorizos tampoco están en las cárceles.

La calle no nos es ajena. No es exclusiva de aquellos que la paseaban a caballo para imponer su autoridad o “mostrar su altura de miras”.  Mientras a su partido no le dé por privatizarla, la calle es eso: vía pública. Un lugar para compartir y no para marcar diferencias, que sólo sirven para evidenciar los complejos trasnochados.

Estamos condenados a CONVIVIR y hasta que algunos no lo entiendan estarán perdiendo tiempo y haciendo esfuerzos baldíos.  

Las personas de izquierdas tenemos señas de identidad que tienen mucho que ver con el diálogo, con la paz, con la igualdad, con la sostenibilidad, con la democracia, con los derechos sociales, con el sentimiento colectivo y con COMPARTIR. No pasa nada señora Aguirre por compartir espacio, vivencias, educación, sanidad, sociedad, etc…. ¿Es que no sois España? Nosotros también…una España universal y diversa donde tienen cabida personas de todo tipo y color.

Qué difícil nos estáis poniendo esas señas de identidad con vuestras provocaciones diarias y con vuestros insultos.

¿Se es más por insultar? ¿Se es más por pisar más fuerte? ¿Se es más por explotar? ¿Se es más por tener acceso a privilegios?…Sí, es cierto. Se es más. Se es más inútil, ridículo e intransigente.

La democracia solo puede ser participativa. Si no, no lo es.

Y aquí, en España, nos dijeron que el trabajo era un derecho…eso nos dijeron…hasta por escrito. Cuando salimos a la calle estamos exigiendo ese derecho ¿tan grave le parece?

APL

sábado, 24 de marzo de 2012

Marta irá a votar



Acaba de cumplir los 18, serán sus primeras elecciones con derecho a voto, las autonómicas andaluzas.

Cualquiera que sea el resultado serán unas elecciones históricas, como el momento que estamos viviendo. Sin embargo para ella, no es importante. No lo es hasta tal punto, que había decidido no votar, no hacer uso de ese derecho.

Significa que no se siente parte de ello. No siente que su granito de arena, sumado al de muchas otras personas en forma de papeleta, decide la manera de vida de una sociedad entera.

Significa que no percibe el valor de una conquista tan importante como la democracia.

Significa que no compara el hecho de que hubo una vez en que las personas estaban sometidas al arbitrio de un dictador erigido y de unas políticas impuestas, y que hoy decidimos, libre y colectivamente, quién gobierna para nosotras y nosotros, la ciudadanía.

Significa que no identifica el preciadísimo hecho de votar con un coste y unos esfuerzos dramáticos, como la guerra, las muertes, el exilio, la represión y todos esas tragedias que forman parte de sus libros de texto.

Significa que no ha sido consciente de que existe una diferencia entre su entorno familiar y social modesto, con el de otras chicas de otros barrios, de otras familias o incluso de alguna de esas series de TV.

En definitiva, significa que algo no hemos hecho del todo bien,
porque la historia se perdió en algún eslabón de la cadena.

En este día de reflexión, esta realidad merece una pensada, sería muy conveniente meditar sobre los motivos. Ya sea por instinto de protección, ya sea por levantar una barrera entre un pasado negro y un presente construido sobre unos derechos sociales muy valiosos, ya sea por no prolongar el dolor y la angustia de épocas de escasez. El caso es que, generación tras generación, algunas cuestiones se han ido descafeinando, desde mi punto de vista, de manera injustificada. Y por mucho que algunos se empeñen en oponerse, los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Y la mejor herramienta para evitarlo es una educación en valores, pública y universal.

Por esta y por muchas otras cosas, los adolescentes son una prioridad y merecen la máxima atención porque ellas y ellos, impregnados del presente, serán el futuro.

Marta, irá a votar mañana 25 de marzo de 2012. No la convenció ningún cartel electoral, no participó en ningún mitin, tampoco prestó atención a ninguno de los debates de TV.

Lo decidió tras una conversación por WhatsApp,
algo quizás, a tener en cuenta también.

APL