jueves, 16 de mayo de 2013

Mujeres y cooperativas: la emancipación desde la economía sostenible



En un momento como el actual en el que el nivel económico del país es de derrumbe absoluto y en un marco en el que la política no es capaz de dar solución a los problemas de la ciudadanía se hace necesaria una revisión en profundidad no sólo de las causas que han podido llevarnos a este callejón –de momento- sin salida, también es imprescindible barajar posibles alternativas que puedan “paliar” la situación y mostrarnos alguna luz al final del túnel.

La macroeconomía mundial ha terminado asfixiando a la microeconomía familiar, las sobre prácticas empresariales han acabado determinando al dedillo la normativa laboral actual y relegando al individuo de  protagonista su propia vida al papel de extra de un thriller surrealista.

El panorama no puede ser más desolador, con unos índices (crecientes) de desempleo del 36% en Andalucía, con unas dificultades de inserción laboral inmorales, con unas dificultades de permanencia en el empleo insólitas y con una precariedad tan absoluta que hace del día a día un totum revolutum de desahucios, endeudamiento familiar y drama social.

Si centramos nuestra necesidad primordial como seres humanos y como individuos sociales en la emancipación económica y como consecuencia de ella el derecho a tener cubiertas unas necesidades básicas como la vivienda y el trabajo digno, seremos conscientes del tremendo retroceso por el que nos están arrastrando.

En toda esta barbarie de injusticias, como siempre las más perjudicadas las personas que ya partían de una situación de desigualdad y me refiero concretamente a las mujeres. Si corríamos mientras otros caminaban para llegar a la misma meta, la zancadilla brutal a la que asistimos nos lleva a caernos de boca y a vernos obligadas a, como tantas veces en la historia hemos hecho, volvernos a levantar y seguir adelante aún siendo conscientes de que nuevamente nos llevan “ventaja”.

Entiendo que la anteriormente citada emancipación tan sólo será posible si se da una redistribución de la riqueza justa y equitativa. Y quizás sea en este punto en el que el cooperativismo aparezca como una isla en medio de un salvaje entramado empresarial. 

El marco legal cooperativo se compromete a sostener los valores legales de la responsabilidad democrática, igualdad, equidad y solidaridad, basados en el esfuerzo propio y la ayuda mutua. Nada que ver como están organizadas mayoritariamente las empresas de hoy en día, que suelen ser entidades jerárquicas, que persiguen el máximo beneficio en detrimento de las condiciones laborales de las personas que trabajan en ellas.

Además, el sistema actual no distribuye los beneficios económicos de manera igualitaria entre ambos sexos, ya que las mujeres siguen siendo todavía económicamente dependientes de los hombres, a pesar de su presencia creciente en el mercado laboral.

Las mujeres son víctimas de desigualdades sociales basadas en las clases sociales, los grupos étnicos y el sexo y entre ellas, las jóvenes y las indígenas son especialmente víctimas de exclusión. 

El número insuficiente de las mujeres dentro de los gobiernos y en todos los niveles de las instancias de poder retrasa la mejora de las condiciones de vida de esta porción de la población, por cierto mayoritaria. Asistimos a un proceso de feminización de la pobreza, a tal punto que todas las estrategias dirigidas a combatir las desigualdades de género parecen ser centrales para lograr reducir la pobreza en el mundo. Pues las mujeres ganan de media, dos tercios menos que los hombres.

Si partimos de lo establecido en la Declaración de Beijing y su plataforma para la acción y el género de 1995, resultado de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, y la sumamos con la definición de valores éticos y principios cooperativos de la Alianza Cooperativa Internacional (ACI)  que ha colocado entre sus prioridades la cuestión de la promoción de la participación activa de las mujeres en la cooperación, nos encontramos con un cooperativismo en clave de género del que deberíamos partir.

Las cooperativas representan una forma de convivencia democrática y una alternativa económica humanizadora en la cual las mujeres han encontrado un espacio para participar, condiciones de empleo mejores y más flexibles y, como consecuencia, un mejoramiento de la calidad de vida. Las cooperativas de trabajo están abiertas a todas las personas que la conforman de una manera participativa y democrática pues todas las socias de la cooperativa son iguales a la hora de responder a sus derechos y obligaciones y el reparto de los beneficios es equitativo.

Por esto, con esta fórmula se han creado empleos de mujeres tanto a nivel rural como urbano: en el sector agrícola, de artesanía, el de preparación y conservación, etc. Las mujeres en las cooperativas superan con más facilidad las relaciones de subordinación y además influyen positivamente en otras mujeres, cambian los referentes y colaboran activamente en el desarrollo de las sociedades dónde estas cooperativas se ubican.

Si en el momento actual las cooperativas y los cooperativistas se están interrogando sobre el papel y sobre el futuro que el movimiento cooperativo podrá jugar en el nuevo siglo, no pueden prescindir de las mujeres, pues una gran parte de la historia de este siglo ha sido escrita por ellas y su batalla por la emancipación y la conquista de la igualdad. En  cada parte del mundo, las mujeres continúan combatiendo las discriminaciones que sufren para afirmar su dignidad y para participar plenamente en las políticas que les afectan, que son todas.

Por esto es importante conjugar los valores propios del cooperativismo con los ideales feministas, pues si queremos conformar organizaciones de trabajo diferentes, democráticos e igualitarios para salir de la crisis que han producido otros sistemas, tendremos que aprender de los errores, y el gran fracaso sería la exclusión de las mujeres por el mero hecho de serlo, pues esto es una discriminación de partida incompatible con lo que significa el valor de la cooperación.

APL

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